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martes, 12 de abril de 2016

LOS HEROES DE MI JUVENTUD

Hay golpes tan fuertes en la vida, !Yo no sé! (Cesar Vallejo)
      En mi adolescencia disfrutaba mucho de ver llegar a la casa familiar lo que parecía un desfile de héroes, algunos de la guerra de Angola, como el cubano Waldo Leyva Portal, otros refugiados de El Salvador, como Leo Arguello, con El pan de los años mozos y los vallenatos que descubrí por primera vez y la aureola de Roque Dalton y el pulgarcito de América a punto de derrotar al gigante, como David a Goliath -el pulgarcito no era todavía, en esa época, el pedido suplicante de un like en el Face.
      Al mismo tiempo, percibía algo extraño: Waldo, que a mi me parecía el padre de Patricio Wood, Salvador Wood, y de quien esperaba que como en El brigadista me enseñara a vencer el miedo cazando caimanes, tenía la extraña costumbre de hacerse servir, atender y pasear no como modesto héroe de Cuito Canavale o algo así, sino como si el heroísmo le hubiera dado derecho a un trato propio del rey Salmán bin Abdulaziz de Arabia Saudita. No llegó a tanto, pero sí, luego de uno que otro jugoso puesto en Cuba, al cargo de "agregado cultural de Cuba", cargo en el que, en vez de compartir actividades y buena fortuna (espiritual) con quienes lo servían, lo atendían y lo paseaban como se debía hacer con cualquier víctima de un garrotazo imperialista, se dedicó a seguir  "agregándose" de gorrón en las comidas a las que todavía alcanzó a hacerse invitar, para colmo interrumpiendo cada trozo de carne con la recepción de una llamada por celular, como si lo estuvieran incomodando tanto desde Qatar y los Emiratos Arabes Unidos que no fuera capaz de desenvolverse de modo normal en una conversación amistosa. Fue buen poeta en los peores momentos del "periodo especial", cuando tantos lo abandonaron, pero fue mejor pachá cuando, abandonándose solito, se declaró "payaso" -la forma de la nariz lo ayudaba, ciertamente- y descubrió ese camino tan latinoamericano que lleva de lo sublime a lo grotesco. Como en la canción "el video mató a la estrella de radio", a este héroe de mil batallas lo mataron las relaciones luminosas de su aparato celular, del que se volvió incapaz de despegarse para charlar. Tal vez esperaba llamada del sultán de Dubai, que algo tiene también de chulo habanero.
       No dejé de tener la impresión de que, mientras en familia lo salvábamos del bloqueo, él cobraba la indemnización a cuenta de los "burgueses" o "pequeño burgueses" que debíamos parecerle, a él que fue guajiro. Tal vez entendiera que a veces, todo lo vivido se empoza como charco de culpa en la mirada, volviendo a Vallejo: seguramente eramos culpables de no haber vivido el heroísmo, porque a lo mejor de las embajadas ya nadie nos invitó. Al cabo que ni queríamos, eso sí.
      Leo Arguello, títere de la escuela de marionetas de Luz Tercero, se daba licencias similares, bien toleradas, hasta muy altas horas de la madrugada (lo que ninguna casa burguesa acepta): mientras éramos "pequeño burgueses" o "burguesitos" que vivíamos de trabajo, no de inversiones ni ganancias y  por momentos a duras penas, él recibía la ayuda de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados. Tal vez refugiado en algún cuarto con Tercero, este "perseguido" terminó renegando de su pasado, cuidadosamente escondido, como si lo tuviera (salvo en Sol del Río 32) y como si hubiera hecho otra cosa que teatro, en el escenario y mucho, bastantísimo, fuera de él: en realidad, él mismo creía, convencido de tener ideas, que sus compañeros eran egresados de una novela de Fiodor Dostoyevski, Los Demonios, veía "farsa" donde otros caían muertos y no se había curado jamás del obsequio que en visita a suelo salvadoreño le hiciera John F. Kennedy, una pluma. Seguramente creyó que con esa pluma volaría y fue, a su vez, a que Canadá lo indemnizara por las batallas -las cotidianas, de la amistad- a las que fue renunciando. Cuanto Antoine Bloyé tuvo la facultad de crear lo que Arguello y Alberto Salarié llamaron, el mismo día en que me trataron de "purista", "un barco lleno de ratas que se hunde". Salieron corriendo con la creencia de que podía tocarles pagar por una pedrada que estos dos, al menos, no habían tirado jamás. Es de suponer que, lejos de tanto heroísmo y de regodeos posteriores en el subsuelo, "nosotros los ricos" seguimos con una vida de "cuna de oro" que solo existió en la cabeza de estos "revolucionarios" cazadores de indemnizaciones. !Puf!: cuando por sobre el  hombro nos llama una palmada... Cuidado, vaya.